Nada bueno presagiaba el partido ante los gallegos. El osasunismo estaba machacado de dolor y el terraplén de Mallorca mezclado de manera turbia con todo lo institucional hizo mella. ¡Y de qué manera!
Arrancó la intemperie, la destemplanza, la pereza, la incredulidad y el error perpetuo que no cesa y ciega hasta al más osasunista. La primera escena fue un cúmulo de frutos rojos envenenados pero a la vez gustosos que terminaron por engañar al más inocente. Ahí estaba el buenazo de Raoul Loé.
El aire y el mensaje que revoloteaba en forma de ola entre asiento y grada en El Sadar era más que extraño e inusual. La pandilla de Tajonar no pegaba ni golpe y lo duro de digerir era la pereza que despertaba. David López, Pita y el canario, Iriome, camparon a sus anchas montados a caballo lanzando flechas agrias y sin piedad a su paso. Demostraron su habilidad en el arte ecuestre y dieron una lección de eficacia y efectividad.
La situación descafeinada y el escaso trabajo de muchos jugadores sobre el césped desembocó en un día triste para el osasunismo. Otro más. A uno de los principales artífices de engrandecer el nombre de Osasuna le tocaba abandonar la fresca hierba de Tajonar y decir con el corazón en un puño un "hasta luego".
Don Jan Urban no acertó, por supuesto, y no supo concretar un planteamiento adecuado. Pero no hay que olvidar que las desgracias le acompañaron desde el primer día. ¿Otro entrenador podría haber hecho más? Los propios jugadores no se brindaron como se deberían haber brindado a un inigualable osasunista de pura cepa. Jan es parte de Osasuna y su sangre vibra rojilla. Cogió al club en la UVI con un marronazo de aquí a Malta y con una planificación deportiva desastrosa. Jamás dejó de derrochar osasunismo.
Señores rojillos, al igual que Jan nunca quiso acabar de esta manera cruel, yo nunca quise estar escribiendo esta triste crónica en la que el corazón me pega latigazos cada vez que pienso en él y en Osasuna. Don Jan Urban, nunca te fuiste, nunca te irás y volverás. Próxima parada, Santander.
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