Todos los ingredientes estaban en la olla. El Sadar y su afición tocaron los tambores de batalla. Mateo ya tenía preparado un once que lucharía por la historia de un club que nació en 1920. El coraje, la bravura, la fe, el corazón y una unión que recordaba al Viejo Sadar componían la armadura forjada en Tajonar.
Comenzó la batalla y los arqueros dieron el primer paso. El capitán Sanjurjo sacó su arco desde fuera del área. Hacía tiempo que no se veía un flechazo con tanto corazón. La grada cantó gol, el Sadar enloqueció y el marcador se iluminó con el 1-0. El "tiki-taka" manchego rompió los escudos rojillos y poco a poco fueron resquebrajando la escuadra navarra. La marea rojilla no calló y entonó una nueva verdad: "Pasan los años, pasan los jugadores, la directiva mañana ya no está, queda el club, queda la camiseta, y los corruptos fuera del Sadar".
Los quesos manchegos fieles a su filosofía fueron encerrando a Osasuna en su campo. Los navarros se quedaban sin opciones. Los de Mateo se replegaron como antaño en espera de la fuerza albaceteña, la cual avanzaba más rápida y sigilosamente. Al darse cuenta del hecho de haber logrado la sorpresa, poco tardó lo merecido. Gol del Albacete.
Un Merino apagado cedió su posición a un Raoul Loé con ganas de cambiar el guión. El gol de Echeverría para llevarnos a Europa en el 85, los goles de Jan Urban en Madrid y Stuttgart, los goles de César Palacios en "el milagro de Martín", el gol de Soldado en las semifinales de la UEFA, el gol de Aloisi en la final de la Copa del Rey, el gol de Trzeciak en el ascenso a Primera... Si tan importantes fueron aquellos goles, no fue menos el de Raoul Loé. Ayer se ganó a la vieja usanza. 2-1 y a por el siguiente.
Señores rojillos, sólo digan Club Atlético Osasuna. ¿Por qué? Simplemente, porque no es solo un equipo sino una forma de vida.
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