Una temporada fría, o mejor dicho helada, quiso congelarnos el corazón para obligarnos a divisar con temor y nerviosismo un iceberg en medio de la nada. Los instantes previos al famoso choque del Titanic se asemejan en exceso a todo el libro de la actual temporada de Osasuna. ¿Cómo iba a hundirse el trasatlántico más grande del mundo? ¿Cómo iba a pasar apuros un equipo recién descendido de Primera?
El nerviosismo, el correr en la toma de decisiones, el toque de alarma, el enderezar más de una vez el timón, el esperpento sin muestra de reacción, el estrangulamiento de tuercas, el grito de auxilio, las miradas bajas... El Titanic se chocó a pesar de todas las medidas impuestas. Todo fue en vano. Osasuna con probaturas, salidas fuera de contexto y conformismo chocó en Leganés.
El planteamiento ultradefensivo de Martín y candidato al peor juego visto se llevaron demasiado premio de Butarque. ¡Y menos mal! Es inconcebible, a mi modo de ver, un cambio aún más defensivo a falta de diez minutos del final ante la presencia de más de cuatro delanteros. El 5-4-1 final, depositando la esperanza en la carrera de Cedrick, nos metió en la portería y cavó nuestra sepultura.
¡Cuidado, cuidadín, cuidado! Sólo he nombrado diez minutos porque los ochenta anteriores fueron de la misma pasta. Un equipo más que conservador, esclavizado a defender con un Oier y un Raoul Loé omnipresentes para destruir, y con fe en las florituras de Sisi o Pablo y en las jugadas a balón parado. ¿Estamos como para dejar a David y a Roberto en el banco? ¿Por qué sacamos a gente que no ha jugado en toda la temporada? ¿Somos tan malos que sólo podemos encerrarnos? Así, no.
Señores rojillos, no dependemos de nosotros mismos. Nos hemos chocado con el iceberg que se asomaba durante toda la temporada. Ahora viene un Recreativo de Huelva no sólo con el cielo abierto sino con la puerta abierta. Extrema urgencia y sólo nos queda confiar en la pólvora del Numancia para minimizar los daños devastadores del día de ayer.
Fotografía: LFP
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